jueves, 18 de julio de 2013

Adiós Annick, mucha suerte


Gracias a un acuerdo firmado con la Universidad de Estrasburgo (Francia) todos los años tengo en mi departamento a un estudiante en prácticas de comercio internacional en su último año de carrera. Siempre llegan cargados de ilusiones, y con un dominio muy escaso del castellano, lo que hace que, los primeros días, siempre tenga que armarme de paciencia a la hora de que entiendan el plan de trabajo que les tengo asignado.
Este año he disfrutado, por primera vez, de una "becaria": Annick Boukari, una chica discreta, correcta y competente que desde el primer momento tuvo claro que venía a aprovechar el tiempo y a aprender al máximo.
En los últimos cursos y talleres de gestión para pequeñas empresas que estoy impartiendo, utilizo una dinámica de reflexión a la que denomino :Dinámica de las cinco frases". Una de estas frases creo que tiene mucho que ver sobre lo que les acabo de exponer y dice así:
"El bosque sería muy triste si sólo cantaran las aves que mejor lo hacen", que, dicho sea de paso, no tengo ni idea de quién la escribió, pero que a mi me ha dado mucho juego durante los últimos meses.
En muchas ocasiones, sólo queremos escuchar las voces más potentes, más impresionantes, más melódicas o con mejor vibrato, pero el bosque es todo un mundo de sonidos del que forman parte hasta los zumbidos de los insectos, el berrear de un ciervo macho, o el ulular de un búho.
Annick ha conseguido un importante contacto comercial en Alemania, un país muy difícil de conquistar, cosa que puedo acreditar en primera persona, ya que llevaba varios años intentándolo sin obtener resultado alguno. 
Annick ha representado para mi equipo esa pequeña ave que, para la mayoría de las personas, pasaría desapercibida entre tanto canto celestial y tanto protagonismo melódico, y sin embargo, su sonido armonioso y humilde llegó donde tenía que llegar y consiguió lo que yo mismo nunca llegué a lograr.
Si miramos bien a nuestro alrededor seguro que podemos encontrar personas como Annick que nos pueden aportar mucho si les apoyamos de la manera adecuada y sabemos ofrecerles oportunidades para demostrar de lo que son capaces.
Gracias por todo Annick, has demostrado que sabes cantar.

sábado, 13 de julio de 2013

Todo o nada


Mientras escucho a The Lumineers en Youtube, en un concierto grabado en directo en New Orleans, escribo esto; así que les sugiero que si pretenden leer lo que abajo voy a vomitar -aunque tal vez no sea demasiado recomendable para su salud mental- les aconsejo que pongan de fondo esa musiquilla tan pegajosa como el chorrete que nos deja en las manos un helado de chocolate al derretirse, en pleno mes de julio, a la hora de la siesta. Y es que, para los que no conocen Murcia, les diré que en verano, a esa hora tan tremenda, lo mejor es dormir hasta que la baba te encharque la almohada o comer helados de chocolate hasta que te de cagueta.
Dicho esto, con la venia de sus señorías, paso a filosofar a rienda suelta, sin prejuicio alguno y sin ánimo de ofender a nadie.

"Todo o nada. Sí o no. Posible o imposible. Adecuado o inadecuado. Renuncias que nos bloquean o nos retumban en la conciencia como una nube de moscas. Que nos alejan de nuestros propios anhelos. Que nos cohíben. Oportunidades que perdemos. Besos que no damos. Cosas que no decimos. Puertas que no abrimos. Muros que no tumbamos. Llamadas perdidas que no devolvemos. Trenes que dejamos marchar. Años que pasan. Barreras invisibles que ponen coto a nuestra propia evolución. Miedos. Pecados. Dogmas. Tópicos. Prejuicios. Paradigmas. Mandamientos. Confesiones. Compromisos. Costumbres. Leyes grabadas a fuego en nuestro subconsciente.
Y el hombre queda lejos. Resignado. Atormentado por la horma de su modélica y socialmente aceptada conciencia. Empequeñecido. Dominado por historias escritas por otros. Por libros sagrados manchados de sangre. Por mentes dominantes. Por líderes impostores vestidos de santones con barba o con gorra de plato. Por lobos con piel de cordero. Y así el hombre queda sometido. Incluido. Afiliado. Con carnet de partido. Bautizado o circundado. Envuelto en banderas e himnos. Lejos de su propio yo. Renunciando a sus sueños. Y cuando eso sucede los dioses lo abandonan a su suerte. Y al final, la muerte espera tranquila, como la abuela que espera al nieto en la mecedora haciendo ganchillo para tirarle de las orejas por haber regresado tarde de la escuela.
Después de tantas renuncias, tantas frustraciones y tantos sometimientos, no hay absolutamente nada.
O dicho de otro modo, como decían al terminar los dibujos animados: Eso es todo amigos."

Y para acabar de escribir esto, que, posiblemente, sea tan inapropiado y tan contradictorio como usted y como yo, pongo al mexicano Luis Miguel de fondo cantando: "reloj no marques las horas, porque voy a enloquecer.... 
Los calores estivales ya están haciendo de las suyas. Ustedes perdonen.

jueves, 11 de julio de 2013

El organillero del Hotel Ritz


Siempre quedaban en el Ritz; un hotel venido a menos a escasas cuadras del Zócalo de la Ciudad de México. Ella entraba siempre, discretamente, camuflada entre la marabunta humana que transita sin descanso trescientos sesenta y cinco días al año sobre la calle Francisco Madero. Ese día Carlos se adelantó. Tomó la suite que habitualmente solían ocupar todos los miércoles del año desde hacía tres. Pasaban los minutos y el organillo sonaba sin descanso como un castigo divino. Prendió la televisión pero nada le entretuvo. A la media hora el organillero seguía ahí, erre que erre. Ella continuaba sin aparecer. En las últimas citas las insinuaciones por parte de Lupita de que aquella enfermiza y clandestina relación había tocado a su fin, parecían cobrar forma, aunque él todavía no quería hacerse a la idea e intentaba guarecerse mentalmente en otros escenarios menos trascendentales. Llamada tras llamada el teléfono de Lupita aparecía desconectado. El champán francés se calentaba. Carlos maldecía al organillero mirándolo fijamente desde la ventana cuando sonó el teléfono. Por un instante pensó que sería Lupita dando cualquier escusa y citándolo para el miércoles siguiente, como aquella vez que uno de sus hijos se puso enfermo, o cuando su esposo se hirió gravemente en un accidente con el carro, pero su instinto le traicionó. Mas, sin embargo, eran buenas noticias. Otro cargamento de aguacates había conseguido llegar, desde Uruapan a su destino en California, sin destapar las sospechas de los agentes de la DEA que les seguían la pista desde hacía algún tiempo.
Para celebrarlo, puso un poco de coca sobre la mesilla de noche, cortó dos rayas de aquel polvo infernal y con un billete de quinientos pesos la esnifó en dos tiempos. Después, agarró la botella de champán por el cuello y comenzó a beber. El afamado líquido francés comenzó a caer por su pecho mojando toda su ropa de marca y precipitándose sobre la cama. A esa primera raya le siguieron muchas más. Lloraba y, desde la ventana, maldecía al organillero que continuaba moviendo su brazo como si le fuera la vida en ello. Se agotó el champán del mismo modo que se agotó su paciencia.
Abrió la ventana y grito: ¡Pinche cabrón, deja ya de tocar esa odiosa máquina!
-Es mi trabajo señor, debo de hacer mi turno -le respondió el organillero.
-Te he dicho que no toques más wey -le gritó Carlos visiblemente excitado.
Pero la música siguió sonando. Una música que se incrustaba en su cabeza y le roía sus entrañas podridas de droga y de dinero manchado de sangre inocente.
Sonó el Cielito lindo: “Ay,ay,ay,ay, canta y no llores, porque cantando se alegran cielito lindo los corazones” mientras recogía del cuarto todas su pertenencias. Palpó el bolsillo interior de su chaqueta y, de un tremendo portazo, cerró la puerta.
La recepcionista le despidió: Adiós don Carlos, sin obtener respuesta alguna por su parte. Bajó los escalones de dos en dos, aún con lágrimas en los ojos y la mirada pérdida. Tampoco respondió al saludo del vigilante de la puerta. Una vez en la calle, sorteando a multitud de personas que en ese momento inundaban la céntrica calle capitalina, se dirigió directamente hacia el organillero y, sin mediar palabra, metió su mano en la chaqueta, sacó un Magnum del 44 y le vació por completo el cargador.
La gente chillaba enloquecida corriendo en todas direcciones y el viejo organillo yacía mudo sobre un gran charco de sangre al lado del malogrado organillero que a los pocos segundos ya había dejado de convulsionar.

Según declararon posteriormente varios testigos a la policía, el asesino, mientras descargaba su cargador sobre el finado, decía: Corren malos tiempos para la música, amigo. Tras lo cual, se alejó con toda tranquilidad del lugar de los hechos camuflándose entre la marea humana que transita por esa popular calle trescientos sesenta y cinco días al año.

jueves, 4 de julio de 2013

La peluquera de los libros


Siempre me voy fijando, por todos los países por los que me muevo, en las peluquerías. Las he conocido de mil formas distintas. Con conceptos más vanguardistas. Con más tienda o con menos. Con diez metros cuadrados y hasta con dos mil. Con cafetería. Con gimnasio. Con consulta del tarot. Con reuniones de tapersex. Con patio para fumadores. Con pornopeluqueras. Me las había encontrado con todo menos con biblioteca. Pero hete aquí que, el otro día, en Segovia, me encontré con una. ¡Qué sí! ¿Qué no me creen? Pues se lo juro por Snoopy. Existe y se llama Peluquería Triguer. Ana, su dueña, es una gran aficionada a la lectura. Hace algún tiempo decidió compartir sus libros con sus clientas, y, de ese modo, fomentar la lectura, más allá de la revista Hola, Diez Minutos o Pronto. 
En vista de esta grata sorpresa he querido contribuir, ante tan loable proyecto educativo, donando uno de mis libros títulado: "Momentos de ida y vuelta".
Me hace mucha ilusión estar presente en tan singular biblioteca y que mis modestos relatos se lean entre rulos, tintes para el cabello y laca en spray.
Una peluquería con biblioteca es una gran idea que debería subvencionar el Ministerio de Cultura. Lastima que no hayan más.
Enhorabuena Ana, espero que a ti y a todas tus clientas-lectoras les guste mi libro, aunque quizás, antes que el mio, prefieran llevarse a casa la trilogía de 50 Sombras de Grey.

martes, 2 de julio de 2013

Vacaciones


María preparaba su maleta. Paco la suya. Ella soñaba con las playas onubenses y él con los verdes valles del Pirineo Aragonés, donde hizo la mili, y en los últimos fichajes prometidos por el presidente del Real Madrid. Ella conservaba su puesto de trabajo, sin embargo, su marido no. El hotel que María había reservado en la playa, por booking, no era gran cosa; el típico establecimiento playero con ofertas a troche y moche, repleto de niños con balones, abuelas con parchís y parejas de escasos recursos y de futuro incierto. Aunque entendía perfectamente que, por lo que había pagado por él, tampoco podía esperar gran cosa.
El trayecto por carretera fue tenso. Las conversaciones se saldaban con monosílabos o con frases sin ninguna profundidad. Ella conducía mientras Paco miraba las planicies manchegas dejando que su vista se perdiera en la inmensidad de la campiña, sin importarle demasiado lo que pensara su esposa sobre su apático comportamiento.
Mientras conducía, María fantaseaba con pasear desnuda por las dunas. A ella siempre la había gustado disfrutar de la grandeza del océano y del sol tal y como la había traído al mundo su madre. En cierto modo, no le disgustaban las miradas furtivas o desvergonzadas que le propinaban los hombres de toda edad o condición. Sin embargo, Paco era más retraído; quizás motivado por sentirse algo acomplejado por el tamaño de su polla, según ella.
-Estoy deseando llegar al hotel para bajarme a la playa -dijo María.
-Ya lo sé. Y seguro que desnuda, como siempre, ¿verdad? -le preguntó su marido, con cierto tono de reproche.
-Sí, lo estoy deseando desde que hice la reserva -contestó su esposa.
-La verdad, no alcanzo a comprender qué ganas con que te vean en pelotas todos esos salidos de playa -le volvió a reprochar el esposo.
-Pues a ti bien que te gusta mirarlas a todas -le soltó la mujer.
-Pero no es lo mismo. Ellas son muy libres de enseñar lo que quieran, pero tú..
-¿Pero yo, qué? -le preguntó María, un tanto alterada.
-Joder María, tú eres mi esposa, no te das cuenta que me siento violento cuando esos enfermos clavan sus ojos en tus senos o en tu culo. ¿Es tan difícil entenderlo? -le cuestionó Paco.
-Pero sí tu eres peor que todos ellos. No te gusta pasear conmigo por la playa y cuando pasa alguna jovencita desnuda por la orilla te vas tras ella como un perrito faldero babeando. ¿Sabes qué te digo?: me das mucha pena Paco, te has quedado en el paleolítico inferior. Peor aún: ¡Eres del Cromagnon!.
-Esto de la igualdad de Zapatero es una puta mierda -dijo Paco entre dientes.
-Te he oído imbécil. Tenías que haber nacido en tiempos de Franco mi amor. Pareces salido de una máquina del tiempo.
A ti, en realidad, lo que te gustaría es que te follaran todos en las dunas. ¿Es eso, verdad? -le preguntó Paco.
-Ya no hay quien te aguanté, cariño y todo por tu puto complejo -le respondió María, a sabiendas de que la mejor defensa siempre es un buen ataque.
Durante varios kilómetros se hizo entre los dos un denso silencio. Los minutos pasaban lentos y plomizos. El asfalto irradiaba un calor sofocante que provocaba un efecto óptico parecido al de un espejismo en el desierto.
Voy a echar gasolina -dijo ella rompiendo el silencio sepulcral que, nuevamente, se había creado entre ambos.
Mientras repostaba, María observó como su esposo se dirigía al aseo y sin pensarlo dos veces, colgó la manguera, pagó en efectivo los cincuenta euros de combustible, arrancó el coche y lo dejó cagando.
-¡Vete a la mierda, gilipollas! A partir de ahora que te aguante tu madre. Me pienso pegar unas vacaciones de campeonato. 
Y diciendo esto, desconectó el móvil.

domingo, 30 de junio de 2013

Las bellezas de Cracovia


Cracovia olía a húmedo. La noche concatenó una tormenta tras otra y me costó conciliar el sueño. La cama, dura y minúscula, tampoco ayudaba demasiado. Unas voces en polaco me han despertado; posiblemente de las chicas que limpian este pequeño y espartano hotel del barrio judío. Aquí los restaurantes y las cafeterías compiten por conseguir el diseño más innovador, el concepto de negocio más atractivo y las camareras más espectaculares. La vida fluye a raudales en lo que hace unas pocas décadas fuera el gueto judío más terrible de todos los que crearon los nazis. Donde antaño habían aparcados camiones para trasladar judíos y polacos a los "campos de trabajo", ahora hay Porches y BMW descapotables.
A escasos metros del hotel se encuentra una enorme sinagoga que la siento como la prueba evidente de que, después de cualquier crisis, por dramática y terrible que esta sea, la vida sigue su curso inexorable hacia ninguna parte.
Esta ciudad, bañada por el Vístula, siempre tiene la capacidad de conquistarme. Como sus mujeres. Como su tranquilidad. Como la trompeta que suena cada hora en punto desde la torre de su catedral. En Cracovia, mi nostalgia se entremezcla entre adoquines, angelotes de piedra, viejos tranvías y rubias de vértigo. 
¡Por la gloria de mi madre!. Tanta mujer hermosa y yo tan viejo.

domingo, 23 de junio de 2013

Los bisontes del Hotel Turówka


No consigo recordar el nombre del vodka. Lo único que recuerdo es que en la etiqueta aparecía dibujado un bisonte. También me acuerdo, a duras penas, de que bailé el Gangnam Style, la Macarena y el África de Shakira. Algunas otras piezas creo que también. Pero no lo recuerdo demasiado bien porque no estoy acostumbrado a beber; y mucho menos vodka con un bisonte en la etiqueta. 
Recuerdo que la madre de un amigo mio, cuando eramos pequeños, fumaba Bisonte, que eran unos cigarrilos cortos y sin boquilla. Al igual que el vodka, ese tabaco rubio tenía un bisonte impreso en la etiqueta. Bueno, ella y su hijo también fumaba. Con doce o trece años el chaval le daba duro al Bisonte imitando a su madre y a su padre. Ellos eran fumadores empedernidos y el hijo no quería ser menos. Quizás por eso, esta noche, aquí en Wieliczka, he bailado como todos los demás para no ser menos.
Me he retirado pronto a la habitación, en la que se alojaba el seleccionador italiano de fútbol Cesare Prandelli, que es la que me ha tocado a mí, no sé si premeditadamente o por casualidad. Este hotel albergó, en la pasada Eurocopa de Fútbol, a la selección italiana. Desconozco por completo si en este cuarto -número ciento veintidós-, el señor Prandelli lloró la amarga derrota que sufrió contra la selección española; que a la postre se alzaría con el título continental. Frente a mi cama está su foto. Así que me acuesto pensando en la amarga noche que pasó aquí Prandelli y contando bisontes como los de la etiqueta del vodka. 
El sudor se me enfría rápidamente con el aire acondicionado. Se me caen los mocos. Me lió a estornudar.Veo bisontes por todos lados. No consigo apagar el maldito aire acondicionado por lo que quito la tarjeta de la ranura que activa la electricidad de la habitación y, de ese modo, se para el maldito chorro de aire frío que me estaba matando por congelación. 

En Polonia, entre otras cosas, a la gente le gusta mucho bailar, el vodka y el fútbol. A mí me gusta irme temprano a dormir, ya que son muchos los que dicen que, a partir de las doce de la noche, se me pone cara de calabaza.  Disculpen, continúo contando: Trescientos cuarenta y tres bisontes. Trescientos cuarenta y cuatro bisontes. Trescientos cuarenta y cinco...