miércoles, 13 de mayo de 2020

Dos meses


Dos meses. Dos eternos y tortuosos meses. Días tan repletos de temores como de incertidumbres. Días de muertos e infectados. De guerras intestinas. De bulos maliciosos. De memes para para hartar de reír. De noticias para hincharte a llorar. Dos meses entre cuatro paredes. De bizcochos. De puzzles. De series que se quedan cortas. De niños incontinentes. De reuniones por Zoom. De redes sociales envenenadas. De compras por Internet. De duelos en solitario. De aplausos y caceroladas. De denuncias. De geles y mascarillas. De fusilamientos y de homenajes. De colas. De desconfianza. De añoranza. De nostalgia. De ganas de salir al mundo o meterte debajo de la cama a llorar. 

Dos meses para la historia. Posiblemente, la historia más negra jamás vivida y jamás contada de nuestra generación. Hoy se cumplen dos meses del estado de Alarma y amaneció lloviendo. Creo que el cielo llora: no es para menos.

domingo, 10 de mayo de 2020

Cultura confinada


No tiene lógica, pero estarán conmigo en que hay infinidad de cosas que no la tienen. Todo ha sucedido sin premeditación, como al azar, suponiendo que tal cosa exista. Esta mañana he bajado al sótano de mis frustraciones y he agarrado una de las muchas cajas que tengo sin clasificar. Uno siempre debería de guardar sus frustraciones clasificadas por orden alfabético. 
La caja en cuestión contenía una puñado de mis viejas esculturas. Esculturas abandonadas en la eterna confrontación entre el pequeño formato y el boceto con afán de monumentalidad. Abandonadas en la húmeda oscuridad dentro de una triste caja de zapatos. Al abrirla las he sentido lloricosas. Desesperadas de su injusto confinamiento, me han recriminado mi pasividad artística:
—¿Para eso nos creaste, Pepe? ¿Para encarcelarnos sin juicio previo en una caja de zapatos? ¿Para condenarnos al olvido y a la nada? Pues que sepas que no deberías de haberlo hecho. No deberías de habernos creado para esto. ¿Para qué demonios nos diste forma si nos niegas las miradas de la gente? Toda forma, toda belleza, necesita de unos ojos, de una mirada que la observe, que la admire, o que la repudie —me ha recriminado la más osada.
Ante tamaña reclamación, me he venido abajo. Acongojado, y sin capacidad de racionalizar lo sucedido, he sacado a la pequeña colección de su caja, las he colocado frente a mí, les he limpiado el polvo con una bayeta húmeda, las he perfumado con una esencia floral, y les he leído un relato de Cortázar para hacerles participes de la cultura de la que, sin saberlo, forman parte. 
Y ha sido entonces cuando las he visto tranquilas, sosegadas, aceptando lo que son y lo que les espera. A cada una de ellas, las he envuelto minuciosamente en papel cebolla y las he acomodado en su olvido. 
Aunque nadie los vea, hasta los olvidos ocupan un lugar. Tan solo difieren en la forma y en los motivos.

viernes, 8 de mayo de 2020

Encuentros en la tercera fase


Apenas si alcanzamos la primera fase, y ya soñamos con los encuentros en la tercera. O mejor en la cuarta. ¿Quién lo diría?: la vida por fases. Antes, antes de todo esto me refiero, la vida era a mogollón, vertical, de prisa y corriendo, aquí te pillo y aquí te mato, de aquí para acullá en un santiamén, el libre albedrío, Sodoma y Gomorra, a tutiplén, todo era posible a la voz de ¡Ya!. O al menos eso pensábamos. Bueno, pues ahora, no. Ahora vamos de a poquito. Por fases. O como dicen en Italia: “Chi va piano, va sano; chi va sano, va lontano”.
¿No sería qué, según el conocido refrán, y dicen que todos los refranes son sabios, íbamos un poco a ciegas y demasiado deprisa?
Mi amigo, el sabio que lo dejó todo para irse a vivir dentro de una tinaja, dice que: ¡Equilicua!, coño, lo que yo os decía. ¡Qué no podía ser! ¡Qué así no! Eso decía, y nos partíamos de la risa. Lo veíamos y lo escuchábamos como el loco anacoreta que quería ser, y que ahora es. 
He leído por ahí que la gente mira de nuevo a las zonas rurales para, después de la desescalada, volver a la vida a otro ritmo, bajo otros planteamientos, y con la mirada puesta en otras metas. 
Por el contrario, los hay que no. Qué están deseando pasar a la segunda fase, a la tercera, a la cuarta y pisar el acelerador a tabla y ¡Ras! Regresar al alocado sueño americano a todo dar. 
Nadie sabe lo que nos depara el futuro. Hay quién analiza la pandemia como algo aislado, otros que hablan de cierta temporalidad, otros que hablan de una guerra biológica encubierta. Otros muchos son los que la relacionan con el agotamiento del planeta: la tierra, “Gaia” según Lovelock, está acelerando su enfermedad por el cambio climático y más pandemias, y otros desastres naturales, nos acechan. 
Sea como fuere, me temo que poco o nada va a cambiar. O al menos eso es lo que opina mi amigo el de la tinaja, que siempre me hablaba de manera obsesiva de James Lovelock y su hipótesis “Gaia”.
¡Ojalá y se equivoque!



jueves, 7 de mayo de 2020

Mesa redonda


La de cosas que se han quedado en nada. Mi agenda es un erial de involuntarios incumplimientos. Cosas que no se han hecho y que tal vez ya nunca se hagan. Viajes, reuniones, visitas, prospecciones, presentaciones, formaciones… 
Hoy mismo, por poner un ejemplo, estaba invitado a una mesa redonda sobre comercio internacional en la Universidad de Murcia. A  sus alumnos, les hubiera hecho partícipes, a partes iguales, de mis excedentes de ilusión y de mi humilde pero dilatada experiencia. Les hubiera intentando hacer fácil lo que para otros puede resultar muy complicado. Siempre reconozco que soy un simple camarero venido a más, y al que nadie enseñó a vender, pero no sé si la gente me cree. Cada vez que tengo ocasión me gusta hablar de la facilidad con la que se pueden abordar las cosas más complejas. Mi máxima es bien sencilla: lo mucho comienza por lo poco. Así que poco a poco. Las prisas no son buenas.
Pero a lo que iba, si es que iba para algún sitio. Mi agenda es un cementerio de elefantes. Me comparo con esos agricultores que contemplan impotentes como se les pudre la cosecha sin poder hacer nada para evitarlo. 
Confieso que anhelo volver a mi alocada rutina, a mis viajes, a mis formaciones, a mi lucha. En mi casa parezco un viejo león enjaulado.  
Puertas a fuera, todo transcurre a una lentitud vertiginosa. Todo está cambiando y no somos aún capaces de encontrarle la forma. Dicen, los que saben de lo que hay que saber, que el mundo será otro y que nosotros habremos cambiado. 
La verdad es que no sé ni qué decir ni qué pensar ante semejante aseveración. Tan solo les digo que quiero que todo esto pase y no recordarlo jamás. 

No será fácil, lo sé. ¿Pero acaso hay algo que lo sea?

miércoles, 6 de mayo de 2020

Desescalada


Tras más de cincuenta días de confinamiento, curva para arriba y curva para abajo, las emociones se suceden en cascada. La paciencia se agota. He decidido aislarme, en la medida de lo posible, del ruido mediático y político que se está generando alrededor de está dramática situación. Lo de siempre: los unos contra los otros y los otros contra los unos. Sigo trabajando al treinta por ciento más intenso que se haya conocido nunca. 
Entre tanto, me visita con frecuencia la ansiedad. Siento a los muertos como algo ajeno, como una cifra que mide la desolación que genera un enemigo invisible que se ha erigido como el protagonista absoluto de nuestra existencia. 
Debo reconocer que, en varias ocasiones, he utilizado el humor balsámico de Tricicle como terapia familiar. Soy un afortunado que cuestiona a cada minuto su fortuna. Vivo en una montaña tan plagada de vida como de incertidumbres. El futuro, como en tantas ocasiones, vuelve a ser un señor desconocido con cara de pocos amigos. 
Juego a la pelota con mi hija, pero ya no hago ni bizcochos, ni puzzles. Me cuesta mucho escribir. Leo a trompicones con escasa capacidad para seguir el hilo. 
A veces no me reconozco en esta inesperada reclusión. Mi día a día, como el de un feriante, se ha quedado enclaustrado entre las zigzagueantes vías de una oxidada montaña rusa. 
Mi vida fluye y transcurre a través de la pantalla de un móvil. Es el arma con la que me defiendo y con la que me muero.

sábado, 2 de mayo de 2020

Mens sana in corpore sano


El confinamiento avanza mientras suben las temperaturas. Treinta y dos grados. Esta mañana se me ha quemado la calva cuando he salido a hacer deporte. Hasta mi vecino, que en su vida ha hecho deporte, ha salido con un chandal de la Guerra Fría que, para llevarle la contraria, hoy estaba bien caliente. Eusebio lucía su chandal, una gorra de beisbol, su panza cervecera, y su cigarro al más puro estilo americano. Sin embargo, a la vuelta de la esquina ya resoplaba como un tren de mercancías de fabricación nacional. 
—Es que hace mucho calor, joder… —me ha dicho al ver mi cara de perplejidad. 
—Ya lo creo. Hoy no hace día para iniciarse en el deporte, Eusebio. Yo te veo mejor para la halterofilia que para el running —le dije.
—Algún día tenía que empezar. El médico lleva cinco años insistiéndome con eso y con lo del tabaco. Así qué, aquí estoy. Lo de levantar peso, lo dejo para los vascos —me confesó. 
—La salud está al alcance de cualquiera. La fórmula es bien sencilla, vecino: comida saludable y equilibrada, una hora de ejercicio al día, y el tabaco y el alcohol a tomar por saco —le aconsejé. 
—Claro, eso lo sabemos todos pero a ver quién es el guapo que lo hace —se lamentó.
—No es tan difícil, solo es cuestión de voluntad —le aseguré. 
—Pues tú, bonito, también te has echado unos cuántos kilos encima con la cuarentena… y no es por criticar. Cada uno sabemos nuestras martingalas, pero parece que te esté bajando un poco la voluntad—me comentó con cierto recochineo.
—Es cierto. Me he consolado con demasiada frecuencia abriendo la puerta del frigorífico —le confesé.
—No te preocupes, de ahí hasta que peses lo que yo peso aún tienes que pasar tres o cuatro confinamientos —me dijo sonriendo. 
—¿Y tu mujer, está bien? No la veo mucho… —le pregunté, más bien por cortesía que por otra cosa. 
—¿Ella? ¡De maravilla! No para de trabajar desde la salita de estar. Trabaja más ahora que cuando iba a diario a su oficina. Y lo hace con todo el gusto del mundo. Se siente útil y eso le reconforta —me explicó. 
—Pues si lo tiene que hacer y lo hace con gusto, miel sobre hojuelas.
—¿Y tú, Pepe, sigues escribiendo a diario? —me preguntó.
—Lo intento, es mi terapia, ya lo sabes bien. 
—¡Bendita terapia! Ojalá pudiera yo escribir algo, pero es que es ponerme delante de una hoja en blanco y no sé ni por dónde empezar, así que nunca empiezo.
—Deberías de perder ese miedo, te lo he dicho muchas veces. El camino se empieza andando. 
—Pues a eso iba, a andar, pero es que no paras de hablar…
—Apaga el cigarro, hombre. ¡Déjate ya el tabaco, Eusebio! —le rogué.
—Me voy, joder, que se acaba el horario del deporte y aún no he hecho nada…
—Ale, pues a darle duro a ese cuerpo.
—Te juro, Pepe, por la gloria de mi madre, que me pongo en forma antes de que llegue el verano. ¡Mens sana in corpore sano!
—¡Ea! ¡Y yo que lo vea!
Y se fue resoplando como una locomotora.


viernes, 1 de mayo de 2020

Incumplimientos



Siempre fui muy cumplidor lo mismo que siempre me han quemado la sangre los que incumplen. En consecuencia, desde que se decretó el confinamiento, he intentado cumplir a rajatabla con las instrucciones que se nos han ido dictando desde el gobierno, pero he de confesar que conforme se han ido aumentando y cambiando estas disposiciones he constatado que no tengo la suficiente capacidad mental como para adaptarme plenamente a su debido cumplimiento. Y esto me pone en riesgo permanente frente al virus, y frente a las autoridades. Soy un mar de dudas. Vivo en un sinvivir.
Para que entiendan mi elevado nivel de cumplimento, cuando me desplazo al trabajo llevo el salvoconducto, mascarilla, guantes, gel hidroalcohólico, solución desinfectante en spray, un Epi, y una vieja revista Interviú, debajo del asiento, con el desnudo integral de Marujita Díaz. También una rueda de repuesto, un triángulo de emergencias, un chaleco refractario, un juego de lámparas, dos bujías, un gato hidráulico, un cabrestante, el cargador del móvil, una linterna, una pistola de lanzar bengalas, una caja de bengalas de señalización náutica, una lata de sardinas con tomate, un plátano maduro, un paquete de frutos secos surtidos y una cantimplora, hasta ahí bien. 
Evidentemente, también salgo a comprar, a la farmacia, a pasear a mi hija, al perro, a hacer deporte, y entre tanto lío, no me acuerdo de regresar a casa y, lo qué es peor, no sé si estoy cometiendo algún delito por el que me puedan crujir seiscientos pavos, o quién sabe si más. 
Desconfió plenamente de mi capacidad para desconfinarme así que mejor me quedaré en casa in secula seculorum. 
Me temo que seguiré engordando como un lechón.