sábado, 16 de noviembre de 2013

Venancio Mulero II


Cuando Venancio Mulero llegó a la Estación de Francia de Barcelona, se reafirmó en el hecho de que su mundo, en aquel monte perdido del Pirineo, hacía tiempo que se le había quedado pequeño. 
Ojiplático, agarró una taxi en una fila en la que al menos habría otros veinte o treinta, cosa que le sorprendió enormemente, ya que en su pueblo tan sólo había uno, y que, por el paso del tiempo y la falta de cuidados, se caía a pedazos. Allí, por el contrario, estaban todos nuevos, pintados de amarillo y negro, y relucientes.
Para su regocijo, el taxi avanzaba entre cientos de coches de marcas y modelos que desconocía. Desde niño le apasionaban los coches, tal vez por el hecho de que cada vez que se acercaba alguno al pueblo sucedía algo que les sacaba de su habitual monotonía. Por las aceras caminaban miles de personas. En un sólo minuto de trayecto ya había contemplado a más personas y más coches que en toda su vida. Le inquietaba mucho no ver animales en aquel paisaje urbano. No veía vacas. Tampoco había mulas, ni burros, ni caballos, ni gallinas picoteando por aquí o por allá. Ni rebaños de ovejas con perros corriendo y ladrando a su alrededor. ¿Cómo comerá tanta gente si aquí no hay animales ni huertos? -se preguntaba, ensimismado, el joven e inocente Venancio. Sin embargo, se fijó en la gran cantidad de frutas y verduras que las tiendas de ultramarinos exhibían en sus puertas. Frutas y verduras, en muchos casos, que él nunca había visto antes. Se percató, también, de la gran cantidad de tiendas de ropa que veía. En su pueblo tan sólo había una y la ropa que vendían siempre era la misma, pero cada vez más vieja y descolorida.
Recordó unos pantalones que desde pequeño veía en la tienda de Maruja. Su madre le había prometido que se los compraría cuando fuera un poco más grande ya que no eran de su talla. Cada vez que bajaban al pueblo e iban a la tienda de Maruja, Venancio observaba con deseo a sus idealizados pantalones; comprobaba su cinturilla, los comparaba con sus piernas y, de ese modo, se hacía a la idea de que aún le venían grandes y, por lo tanto, su espera se ampliaba como un castigo divino.
-¡Para el año que viene, bonito, ya verás! -le decía su madre para consolarlo, dándose cuenta de la ansiedad que esa larga espera le ocasionaba.
-Eso dependerá de cuánto estire el mozo este verano. Qué los críos cada vez estiran antes -dijo doña Maruja, con la rotundidad que le caracterizaba.
Venancio tenía muchas ganas de hacerse mayor. Pero no tan solo como le tocó crecer. Él nunca se adaptó bien a la soledad, aunque la aceptara. Lo peor que llevó fueron las noches. Las pesadillas más recurrentes siempre las protagonizaban sus padres. Sus padres cayendo al vacío. Sus padres aplastados contra el suelo. Sus padres devorados por los buitres. Sus padres volando en círculos sobre el valle. Y lo que más le aterraba: nubes de tábanos que invadían su casa y se lo comían a picotazos. Todo eso le provocaba más miedo que el aullido de los lobos, o el merodear de los osos por su finca, que, en más de una ocasión, habían atacado a sus reses.
Mirando obnubilado a través del cristal de la ventanilla de aquel taxi, su vida pasaba por su mente a velocidad de vértigo. Escenas en las que nunca antes había reparado y, ahora, sin saber por qué, adquirían protagonismo y reclamaban un lugar de relevancia entre sus recuerdos.

-Ya hemos llegado, joven -le dijo el taxista.
-¿Cuanto le debo, señor? -le preguntó, Venancio, con educación.
-Un duro, caballero -le exigió sonriente el conductor.

Cuando Venancio Mulero vio alejarse al taxi, entre aquel bosque de asfalto y calles grises, sintió como, dentro de él, se alejaba su vida anterior. Quien se acababa de apear de aquel vehículo crisálida era un nuevo Venancio. Un Venancio dispuesto a todo, con la única ilusión de que, por fin, un mundo sin tábanos le sonriera.
Una enorme puerta de madera de color caoba, con el número veintiocho en lo alto, y una mujer llamada Lola, a la que no conocía de nada, le estaban esperando para introducirlo, de lleno, en una Barcelona tan apasionante como desconocida. 
Con firmeza, agarró su pesada maleta, subió las escasos peldaños que lo separaban de su destino y, con decisión, tocó el timbre de la puerta.
A partir de ese momento, ya nada tendría retorno.

jueves, 14 de noviembre de 2013

500 entradas


Quinientas veces.
Quinientas heces.
Quinientas risas.
Quinientas prisas.
Quinientas entradas.
Quinientas putadas.
Quinientas ideas.
Quinientas peleas.
Quinientas historias.
Quinientas memorias.
Quinientos momentos.
Quinientos sufrimientos.
Quinientas verdades.
Quinientas mentiras.
Quinientas máscaras.
¡Quinientas!

Gracias a todos los que me habéis acompañado hasta aquí.



sábado, 9 de noviembre de 2013

Venancio Mulero Cabrales, 1945


Venancio Mulero, y Cabrales por parte de madre, fue un hombre que, como muchos otros por aquella época, se crió en lo rústico. A los trece años quedó huérfano de padre y madre cuando el jumento que arrastraba al carro familiar se desbocó fruto del picotazo de un tábano en su cojón derecho. El carro se precipitó por un acantilado y Venancio sobrevivió agarrado a un arbusto mientras contemplada la apoteósica caída al vacío de sus progenitores.
Tras reponerse, en la soledad de la montaña, decidió afrontar la vida como si nada hubiera cambiado. A esa temprana edad, Venancio ya conocía, a la perfección, todas las tareas domésticas, agrícolas, silvícolas y ganaderas, así que se dedicó en cuerpo y alma al trabajo con el simple afán de demostrarle al destino que, pese a la desgracia que sobre él se cernía, saldría adelante y se convertiría en un hombre de provecho.
Antes de su muerte, la madre le había enseñado a leer y Venancio se sentía muy orgulloso de ello. De hecho, en la casucha en la que malvivía no había más de una docena de libros, alguno de los cuales Venancio recitaba de memoria. Su preferido, sin duda, era El Quijote. Esos libros suponían para Venancio el hilo conductor que le mantenía aferrado a la memoria de su madre -por la que siempre había sentido especial devoción- y le acercaban al mundo exterior. Aquel enorme valle pirenaico tan hermoso, a la par que deshabitado, se había convertido para él en una especie de isla en medio de la nada. Alejado de la civilización, soñaba algún día por alcanzarla y, al cumplir la mayoría de edad, sin perder un instante, decidió convertir su sueño en realidad. 
En una mañana primaveral decidió bajar al pueblo, por el que rara vez se le veía aparecer, y se fue directamente al bar en donde todos lo hombres, de manera habitual, jugaban al dominó mientras sus esposas sacaban adelante a sus fincas, a sus familias y a sus casas. 
Le preguntó al mesonero por el alcalde pedáneo. Le contó a este su nuevo plan de vida y su intención de vender todos los animales y marcharse a conocer mundo. El mesonero, atento, escuchaba la conversación. El pobre hombre que acababa de perder a un hijo, más o menos de su misma edad, a consecuencia de una bala perdida en el servicio militar, apiadándose de él, le compró todas sus vacas y le dio la dirección de una hermana suya que vivía Barcelona, para que esta le ayudara a reiniciar su vida en esa hermosa ciudad. Allí, a buen seguro, trabajo y futuro no le iban a faltar.
Antes de partir hacia Barcelona, Venancio Mulero se acercó hasta el precipicio por el que sus padres se marcharon al otro mundo. Arrojó unas flores. Les dejó a deber una oración, ya que Venancio no era mucho de oraciones, ni de curas, ni de credos. Su mirada, empañada por la lágrimas, apuntaba hacia el lugar en el que recordaba sus cuerpos inertes. La misma imagen que, cada noche, antes de conciliar el sueño, le aparecía en su mente una y mil veces. Sus puños estaban apretados. La congoja ahogaba su pecho. Las lágrimas afloraron con mayor intensidad. En la crudeza y la emoción de aquella solitaria despedida, tan sólo atinó a decir: ¡Padre, madre, cómo odio a los tábanos!
Y agarrando sus cosas, que no eran muchas, se marchó al encuentro de una nueva vida.

domingo, 3 de noviembre de 2013

El bucle de las malvas


Hoy, sin una causa aparente que justifique la elección, he puesto en Youtube a la Electric Light Orchestra (ELO). Mientras escribo esto, escucho esos viejos temas. Afuera, el sol, generoso por estas tierras, ilumina un día espléndido de noviembre y una lavandera blanca se mira, con coquetería, en el reflejo que le proporciona el cristal de mi ventana.  
Los viejos solemos hacer estas cosas. Por eso vamos más despacio, ya que, por cada paso que damos hacia adelante, miramos varias veces hacia atrás. 
La vida nos ha regalado tantas cosas bonitas que es de recibo que las recordemos, de vez en cuando, para no caer en el victimismo. Estamos aquí. El sol brilla. La ELO suena. El tiempo sigue. Rajoy gobierna. Wert es Ministro de Cultura. ¡Qué más le podemos pedir a la vida!
Creo recordar que la última vez que escuché a esta banda de melenudos de Birmingham fue en la casa de mi amigo Jaime. El disco era de su hermano Manuel Carlos, que era algo mayor que nosotros y estaba por los huesos de mi hermana. Ahora dirige una sucursal bancaria en no sé dónde y no sé cómo. El disco era un vinilo en formato LP. A la gente joven estas cosas les sonarán a chino, pero a nosotros, por aquella época, nos sonaban a gloria. Como le sabían a gloria bendita los cigarros Bisonte que mi amigo Jaime le robaba a su madre.
Tras escuchar a la ELO, escuchábamos a Supertramp, a los Bee Gees, a Pink Floyd y a otros tantos, de los cuales hoy, muchos de sus componentes, ya crían malvas.
Quizás nuestro paso por la tierra, tan fugaz y tan hermoso, tenga como única función la de contribuir como fertilizante a la cría de malvas. 
La floricultura es, sin saberlo, nuestro principio y nuestro fin. Nacemos para criar malvas y, nos guste o no, las criaremos.
Tal vez por eso, a mi amiga Emi, que entiende tanto de floricultura, y que ayer con el día de los muertos hizo su agosto, le ha dado por escribir novela erótica. La floricultura y la novela erótica son, en resumidas cuentas, la misma cosa. Por eso, como preámbulo a cualquier intento reproductivo, regalamos flores. Por eso, tras el parto, regalamos flores. Por eso, cuando la espichamos, nos ponen flores. ¿Se dan ahora cuenta de la importancia de la floricultura y de cuánta razón tiene mi amiga Emi?
Nos procreamos, sin ser conscientes de ello, con la única finalidad de generar más fertilizante y que las malvas sigan creciendo lustrosas. Por lo tanto, gracias a ese proceso tan ecológico, en mañanas luminosas como las de hoy, algunos podemos seguir escuchando a la ELO, escribiendo sin saber para qué, o esperando a que llegué otro maravilloso lunes para ir a trabajar y que la economía mundial vuelva a florecer.
A mis malvas les pido, tan sólo, que tengan un poco de paciencia.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Españoles...Carni ha muerto


Víctima de mi ausencia azteca, Carni no ha resistido la nostalgia de nuestra separación y ha sucumbido ante los efectos de una grave crisis hídrica. Es decir, la pobre se ha quedado más seca que el ojo de un tuerto. Durante estos días, nadie le ha dado mimos ni una gelepa de agua y R.I.P. Tiesa. Mortimer. Caput.
Atrás quedan nuestras magníficas conversaciones que ya, desde este fatídico momento, forman parte de la literatura universal. 
Nunca hubiera imaginado que una planta carnívora, comprada en unos grandes almacenes suecos, diera para tanto. Inteligente, incisiva y perspicaz, Carni, era capaz de debatir sobre temas tan dispares como la política, la economía, el egocentrismo, el paquete de Cristiano Ronaldo o del sursum corda. Qué días aquellos. Qué verano tan bueno que me hizo pasar. Qué conversaciones tan profundas bañadas en clorofila. Qué moscardones se zampaba de aperitivo. Qué gracia la suya y qué tronío.
Carni ha tenido la grandeza de morirse en el día de muertos. ¿Acaso puede existir un día mejor para morirse que el día de muertos?
Al verla finada, llorando, no he podido dejar de recordar a las momias de Guanajuato. De hecho, hasta su mismo color tenía la pobrecita. Qué muerte más mala. Secarse a un metro de una piscina. A un metro de canalizaciones con millones y millones de hectómetros cúbicos de agua. Secarse, tristemente, como se secó la economía española o el cerebro de nuestros políticos. Ni tú podías llegar a más y ni ellos a menos, amiga. 
Carni, amor mío, cuánto te voy a echar de menos. Te has secado al lado mismo de la abundancia, sin poder acceder a ella, como la pequeña empresa española que se seca al lado de los grandes bancos, que presentan cuentas maravillosas -con millonarios beneficios-, o  como el pequeño comercio que se seca sin que nadie le eche una gotica de agua. Ay Carni, hija mía. ¡Cuánta injusticia y cuánta sinrazón!
Para recordarte siempre, Carni, me he tomado la libertad de fotografiarte post mortem junto a mi limonero-abuela y a una típica calaca mexicana que nació, sin saberlo nadie, en un taller artesanal chiapaneco para dignificar tu sepelio.
Descansa en paz, Carni. Tu muerte no ha sido en vano, aunque yo, esta mañana, sea tu única y fiel plañidera. 

lunes, 28 de octubre de 2013

La sutileza del colibrí


La primera vez que llegué a México me impactaron dos cosas sobremanera. La visión majestuosa del volcán Popocatépelt y la sutiliza del vuelo del colibrí. He de confesar que nunca antes en mi vida había visto ni una cosa ni otra. En la España peninsular, de la que procedo, no abundan los volcanes y, menos aún, los colibríes.
Desde ese primer encuentro, esos dos elementos, geológico y ornitológico, me han obsesionado enormemente sin saber por qué. Siempre estoy al tanto de todos los enfados del Popo -así se le llaman en México a este volcán de manera coloquial-, cosa que hace muy a menudo. A cada poco ruge su gran fumarola y lo pone todo perdido en Puebla. Sus cenizas, en ocasiones, llegan hasta la Ciudad de México y, de ese modo, la ciudad se hace más irrespirable que de costumbre. La humanidad se empequeñece ante la rotundidad de la fuerza de la tierra que emana de los volcanes. Y para mi, el Popo es a los volcanes lo que Leo Messi es al fútbol, o Cervantes para la literatura universal. 
Pero yo, lo que pretendo esta mañana, a las seis hora mexicana, escuchando los gritos y las panderetas de The Luminieers, es hablarles de la sutileza del colibrí. Y dirán ustedes: ¿Menudo potaje no? Y se lo preguntaran con toda la razón del mundo, no les voy a decir que no. Pero permítanme que me explique. 
¿Alguna vez se han parado a contemplar la sutiliza y la magia del vuelo de un colibrí? Para este ejercicio visual que les propongo no hace falta que lo hayan presenciado en directo, basta con que lo hayan visto en algún documental de la 2, de esos que nadie ve sin quedarse dormido en el sofá, o en uno de National Geographic, sin son ustedes más pudientes y tienen acceso a una parrilla de canales de pago.
Si ya estamos todos puestos en situación, puedo continuar con mi alegato.
El colibrí tiene una belleza sin igual y una rareza funcional digna de los estudios más concienzudos de los ingenieros de la NASA. ¿Han visto ustedes como se desplaza hacia adelante y hacia atrás, o hacia arriba y hacia abajo? ¿Se han fijado en la forma en la que gravita en el espacio, mete su alargado pico en una flor, y lo imposible de que nuestros ojos perciban el batir de sus delicadas alas?
Yo creo que dentro de mi cabeza debo tener alojado a un colibrí. Seguro que entró por uno de mis generosos pabellones auditivos y, sigue ahí, zumbando e inspirándome en esta forma mía de comunicarme con el mundo exterior.
El colibrí, para la mitología azteca, fue un símbolo positivo. Sin embargo, también se relaciona con la guerra, pero no con la guerra salvaje y sangrienta que tanto nos sigue gustando ver por televisión, y más si es en directo a través de la CNN, sino con las guerras interiores que todos, en mayor o menor medida, sufrimos. Esa batalla que libramos a diario en solitario entre el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, o, también, en forma de duda existencial cada vez que tenemos que tomar una decisión medianamente trascendental en nuestras vidas.
Con el paso del tiempo, me he ido encontrando con personas colibrí. Son tan escasas como los diamantes. Tan dulces como el propio néctar del que se alimentan mediante equilibrios imposibles. Tan sutiles como pompas de jabón. Tan sinceras como la sonrisa de un bebé. Pero, para nuestra desgracia, las personas colibrí no son fáciles de encontrar.
El colibrí que llevo alojado en mi cabeza es lo más valioso de mí, si es que en mí hubiera algo valioso, y no se pueden ni imaginar las cosquillas que me hace en el cerebro cuando revolotea.
Y no les cuento como se pone el pobrecito cuando detecta, a mi alrededor, a uno de los de su especie.

sábado, 26 de octubre de 2013

Casi sin darme cuenta


Ustedes no me pueden ver, pero si me vieran por un agujerito verían a un tipo medio calvo y regordete, escribiendo a mano, en un avión de Iberia, repleto de gente, rumbo a México. Un avión con un retrete en oberbuquin. Soportando miles de sonidos que únicamente habitan en estás maquinas infernales destinadas a poner a prueba los límites de la paciencia humana a cambio de llevarnos al otro lado del charco por mil euros. Sonidos procedentes de personas. Personas procedentes de mil sitios que, sin saber por qué, nos ha dado a todos por ir a México a la misma vez. 
A mi izquierda, dos amigas rezan el rosario como los niños de San Ildefonso cantan la Lotería de Navidad. A mi derecha, sino se han aburrido aún de mirar por ese hipotético agujerito, verían a tres tipos cargados de mil aparatos de última tecnología, hablando de las mujeres como si estas fuera de la edad de piedra; muestra evidente de que el hábito no hace al monje.
El váter sigue rugiendo a intervalos de dos minutos. La cola que hay en la puerta confirma mi idea de que la gente seguirá cagando con la misma cadencia hasta que lleguemos al aeropuerto internacional Benito Juaréz. Me reconforta pensar en que no soy la única persona en la tierra que padece de colon irritable. Somos muchos. Multitudes de cagones con poco aguante y mucha frecuencia. Clientes vips de las celulosas y, por tanto, enemigos acérrimos, sin pretenderlo, de las depuradoras de aguas residuales.
Manolo Escobar a muerto y su carro, después de varias décadas de infructuosa búsqueda,  aún sigue sin aparecer.
Dina, la colombiana que iba a mi lado en el vuelo anterior, posiblemente seguirá llorando rumbo a Bogotá. Ella lloraba, al mismo tiempo que, por la ventanilla que había a su lado, caían gotas de lluvia. 
-Ves, amiga, le dije para consolarla. El cielo está llorando por tu partida. España está triste porque te marchas.
-Gracias, es usted muy amable -me dijo. Lloro de impotencia. Después de estar aquí diez años, regreso tal y como vine. Derrotada. Y allí no sé qué encontraré. ¡Es todo tan difícil! -me explicaba para justificar su llanto.
Las del rosario siguen erre que erre. Los tres muchachotes ahora ven vídeos de chorradas en sus Ipad en una especie de competición donde el porrazo más grande provoca la carcajada más escandalosa.
Las azafatas de Iberia siguen tan cabreadas como de costumbre, por lo que me dan ganas de invitarlas a ver los vídeos chorras de mis vecinos para ver si, al menos de ese modo, les saco una pequeña sonrisa.
Escribo sin rumbo. Acumulando letras desordenadas. Ideas que me atacan como una nube de abejas y ante las que no tengo modo de defenderme. Escribo sin un hilo conductor claro. Sin un mecha guía que haga que el corte emocional que provocan mis planteamientos sea lo incisivo que me gustaría que fuera.
Pero el viaje es largo. Casi doce horas de vuelo dan para muchos relatos y para mucha lectura.
Hoy, mientras cambiaba de vuelo, he recibido un correo que me ha llenado de alegría. El Instituto de Fomento de la Región de Murcia me ha invitado a dar una conferencia a empresas que están dando los primeros pasos hacia su internacionalización. Mientras me zampaba una hamburguesa en Barajas les he respondido que sí. He aceptado el reto porque soy adicto a ellos. No concibo mi existencia sin retos, sin metas o sin proyectos que me hiervan la sangre.
Como ahora, que, mientras vuelo, escribo y escribo sin parar todo aquello que me acontece, todo aquello que siento o todo aquello que capta mi atención.
En México, dentro de tres días, también trasmitiré esta forma de ver la vida. Los asistentes esperan encontrar un curso de Alta Dirección, y yo, tan sólo les voy a hablar de emociones, de sentimientos y de sueños. 
Bajo mi punto de vista, que estoy seguro que no es mejor ni peor que el de ustedes, creo que todo es lo mismo.Trabajamos como sentimos y sentimos como trabajamos. Abiertos a la evolución, o cerrados a cal y canto a los cambios que en la propia sociedad van aconteciendo. Vemos a nuestro alrededor como los sistemas cambian constantemente, como evoluciona la tecnología y como, a poco que nos descuidamos, nos quedamos atrás y con el paso cambiado. 
Si aceptáramos el reto de evolucionar, perdiéramos los miedos que nos atenazan, y compitiéramos contra nosotros mismos, intentando mejorar todo aquello que hacemos a diario, nos daríamos cuenta de que detrás de todo ese esfuerzo es donde se encuentra escondida la auténtica felicidad.
De todo eso les hablaré, en mis próximos cursos, a unos y a otros. De emociones, de esfuerzo y de evolución.
Por algo de niño adoraba a Charles Darwin y a su teoría de la evolución de las especies. A sus pinzones, a sus tortugas y a sus iguanas.
Todo ha cambiado siempre a nuestro alrededor. Lo único diferente es que ahora todo sucede a un ritmo vertiginoso. Fíjense si es vertiginoso que ya estoy llegando a México y no me he dado ni cuenta.