El azar ha querido llevar a mis manos esta fotografía. Como ven es una niña, de unos cuatro o cinco años, que mira con cierta desconfianza hacia el fotógrafo. Sus ojos revelan una tristeza melancólica inusual para su edad. En demasiadas ocasiones, los niños se ven obligados a enfrentarse, sin pretenderlo, a situaciones que no comprenden, cuando, en su lugar, tan sólo deberían recibir el cariño de sus padres y disfrutar del maravilloso aprendizaje de los juegos. Si la miran fijamente a los ojos verán como pareciera demandar respuestas a muchos porqués.
Alguien le debió colocar, tal vez su mamá, o tal vez su abuela, un lazo rojo para protegerla del mal de ojo. Quizás ese corte de pelo, tan poco habitual para la época en una niña de su edad, sea un indicador de la propia amargura y desconcierto que trasmite en su rictus.
¿Por qué yo no puedo llevar el pelo largo como todas las demás niñas? -Parece reclamar.
Si continuaran ustedes con la mirada fija en esos ojitos redondos y ojerosos podrían llegar a apreciar la proximidad de un mar de lágrimas. Intuir una facilidad inadecuada para el llanto, como cuando uno se siente solo estando rodeado por una multitud sorda e insensible ante tus necesidades.
Sin embargo, y por el contrario a mi anterior línea argumental, también soy capaz de apreciar en la instantánea la gestación de un carácter fuerte y reivindicativo. Soy capaz de vislumbrar en esos ojos desconfiados el embrión de una mujer dispuesta a luchar para encontrar su verdadero lugar en la vida. Una futura mujer con ganas de demostrarle a los demás, y sobre todo así misma, que es merecedora, al menos, de lo mismo que todo el mundo debería recibir: amor, comprensión y respeto.
Esa preciosa niña de la foto es mi esposa y yo me siento muy afortunado de que esté a mi lado.






